Existen pocas dudas sobre la profesionalidad y preparación del personal de enfermería español. Una formación académica sólida y un programa de prácticas que permite aprender y perfeccionar técnicas reservadas en muchos países al estamento médico han propiciado que los profesionales de enfermería de nuestro país sean reconocidos y admirados por muchos sistemas sanitarios. El camino hasta llegar a esa maestría no está exento de dificultades y las condiciones laborales para mantenerla rayan en muchos casos, como ocurre en otras profesiones sanitarias, la precariedad. De no ser por una fuerte vocación y una conciencia de contribución a la sostenibilidad de uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, la profesión de enfermería podría verse seriamente amenazada, y la oferta de graduados reducida de manera alarmante.

Pero los profesionales de enfermería tiene una gran capacidad de adaptación. Son expertos en reinventarse continuamente. Lo han hecho a lo largo de la historia y también en momentos de dificultad como los actuales. Un ejemplo de esta capacidad se observa en la hospitalización a domicilio. Cuando para muchos profesionales de la sanidad abandonar la seguridad y comodidad que proporciona el hospital era sencillamente impensable, un grupo visionario de profesionales apostaron por un modelo asistencial que en sus orígenes parecía reservado a quienes no tenían otra alternativa laboral. Hoy en día esta situación ha cambiado y la hospitalización a domicilio se ha convertido en una práctica en expansión que es objeto de interés para clínicos, gestores y autoridades sanitarias.

Pero ¿qué es lo que ha cambiado en este tiempo? ¿Por qué alguien querría dedicar su trayectoria profesional a ir de casa en casa?¿Por qué trabajar en un entorno con la incertidumbre de no saber a qué se va a enfrentar en cada momento? ¿No es imprudente tomar decisiones sin la protección que representa el entorno hospitalario donde en todo momento se puede recurrir a otro profesional para que evalúe una situación que genera dudas? ¿Qué es lo que mueve a los profesionales de enfermería a asumir ese riesgo?

Seguramente no hay una única respuesta a todas estas preguntas, y la explicación puede obtenerse a partir de un conjunto de circunstancias, unas más evidentes y otras más sutiles.

En el centro de todas ellas se encuentra el trato con las personas. Las visitas a domicilio han conseguido fortalecer esa complicidad que solo existe entre pacientes y enfermeras. En el domicilio se produce un verdadero cara a cara en el que el paciente – y su familia – se expresan con absoluta tranquilidad y confianza y en el que el profesional no está sometido a ninguna distracción que le aleje de atender las necesidades globales del paciente. Es en ese momento cuando mejor se entiende qué es lo que preocupa a un enfermo y es en ese entorno donde el profesional de enfermería puede prestar más ayuda. Humanizar, ese concepto tan manido y hueco a veces de contenido, no es más que empatizar, y el domicilio es el lugar natural para hacerlo.

Esa necesidad de recuperar la sensación de contribuir al bienestar del enfermo tiene mucho que ver con un cierto grado de deshumanización al que se ha llegado en el entorno hospitalario. La elevada presión asistencial, la improvisación en la planificación de los turnos de trabajo, el desequilibrio en las cargas de trabajo y la tensión que acumulan algunos familiares como consecuencia de la incertidumbre que generan las dinámicas de un ingreso hospitalario, y que muchas veces vuelcan en el personal, son solo algunas razones que justifican el distanciamiento entre vocación y empatía en los profesionales sanitarios.

Existen, además, otros argumentos que explican el interés de los enfermeros por la hospitalización a domicilio. En el ámbito asistencial, la autonomía en la toma de decisiones, el manejo de patologías y técnicas de diversas disciplinas médicas, el acceso a avances tecnológicos, la continuidad de cuidados, la coordinación con otros recursos sociosanitarios comunitarios y la implicación directa en los planes de atención a la cronicidad, son poderosos alicientes para apostar por este modelo asistencial. Como también lo es percibir el efecto que genera en el paciente la educación sanitaria o las instrucciones dadas al cuidador, que pasa de ser un elemento pasivo en el entorno hospitalario, a un sujeto implicado activamente en los cuidados y atenciones del enfermo.

Entre los factores no asistenciales que contribuyen al crecimiento del número de profesionales de enfermería atraídos por las bondades de la hospitalización a domicilio se encuentran: motivaciones relacionadas con la investigación, como el estudio de los resultados en salud y satisfacción; la gestión, en aspectos relativos al uso eficiente de los recursos y los costes; y la docencia, tanto de pregrado como de posgrado.

Finalmente, otros elementos que determinan la buena aceptación que la hospitalización a domicilio tiene entre los profesionales de enfermería son el sentimiento de contribución a dar respuesta a una necesidad creciente de la sociedad -especialmente en los grupos más vulnerables como ancianos, niños y enfermos de cáncer- el dinamismo y buen ambiente en el trabajo, el compañerismo, y la mayor facilidad para conciliar vida familiar y laboral.

Existe, por tanto, numerosas razones que contribuyen a que la hospitalización a domicilio se haya convertido en una oportunidad real de desarrollo profesional para muchas enfermeras. Es ese interés y el afán por estar al lado del paciente y sus necesidades lo que puede contribuir a recuperar parte del terreno perdido en la esencia de la relación entre profesionales y enfermos.